Víctor M. Campos

Víctor M. Campos

Con mochila al hombro recorrió medio país pero, antes, debió nacer en algún lugar, en algún momento. Y lo hizo: en la Chilangópolis; en el 76. Fue de la escuela pública a la privada y de la privada a la pública hasta que de las dos no se hizo una. Al mirarlo sin oficio ni beneficio, su mamá entonces, a voz en cuello soltó el decreto: vámonos porque éste se nos vuelve mariguano. Así con mamá, papá, hermana y los perros éste se fue al exilio en Querétaro.

Antes de que acabara el milenio, ya con la voz ronca y la barba pintándole la cara, él cogió la mochila, se la echó al hombro, dijo no me tardo, dijo orita regreso, y se fue a dar el rol. No vaya a ser que se acabe el mundo en el año 2000 y luego qué, ¿no voy a conocerlo, al mundo?, se preguntó ya en plan francamente histérico.  El milenio acabó pero nada más. Mundo había. Él regresó muchos meses más tarde, más negro que de costumbre, le dolía la joroba, tenía hambre y ampollas en los pies.

Cambió la mochila por la corbata, se afeitó y consiguió empleo. Entonces todo fue de la casa al trabajo y del trabajo a la casa. Frente a la rutina, las largas caminatas desde el Centro hacia el poniente con sus fábricas de altas chimeneas y cielo naranja, fueron su consuelo.

Un volantito se le atravesó alguna tarde en el camino. Nada importante a simple vista. Un rectángulo de papel más; un rectángulo en color sepia que, ondulando en el aire, llegó hasta sus manos.

¿Taller de Motivación a la Escritura? ¡Chale!, se dijo él, al tiempo que algo se le metía muy hondo. Sintió la sacudida cuando aquello que haya sido se le metió. Que la clase muestra, que la imaginación, que la experiencia vivida,  que la voz y el estilo personal, decía el volantito. ¡Chale!

Se deshizo de la corbata y el viaje comenzó de nuevo, pero ahora hacia adentro. Después de todo, él había mirado con sus propios ojos el eclipse solar del 91, el Estadio Azteca a reventar en una final, las Barrancas del Cobre. Pero viajar hacia adentro, lo que se dice bien bien hacia adentro, aún no; ah ah; nee. En adelante todo fue culpa de Carmen Simón.

La conoció en la clase muestra y el mundo, para él, se hizo más ancho y más profundo. Escribe, que escribe y escribe. Todo fue por culpa de Carmen. Él publicó, luego de un oscuro viaje a través del laberinto, el cuadernillo de cuentos titulado La Diablera y otros cuentos; más tarde publicó en el Petit Journal; publicó en la antología de Los cuentos del Arcángel.

Creyó que al ser escritor lo perseguirían decenas o cientos de mujeres. Ahora reconoce su ingenuidad.

Desde entonces viaja, pa’ mirar paisaje, lo mismo al Cono Sur que a Champotón que a la Peña de Bernal. Hoy coordina el Taller de Escritura, con gesto adusto, siguiendo el método y las consignas de sus maestros del oficio: Carmen y Mario Levrero. Hoy escribe a puerta cerrada mientras escucha la música de sus abuelos: las big bands. Hoy, tambor, mira las fotos de una Carmen sonriente que se pasea por el  barrio gótico en Barcelona y a él le dan ganas de llorar.